Paseando entre olivos por Priego de Córdoba
“Hace mucho tiempo, una colonia griega era pretendida a la vez por Poseidón y Palas Atenea. Para resolver la cuestión, los Dioses del Olimpo retaron a ambos competidores a otorgar el mejor presente para los ciudadanos de la misma. El vencedor daría su nombre a la ciudad. Así, Poseidón, con un poderoso golpe de su tridente, hizo surgir del suelo un caballo, demostración de fuerza y vigor, con el que haría sus ejércitos invencibles.
Pero ella hizo brotar un olivo, de donde se obtendría el aceite, alimento para los hombres, remedio para las heridas, fuente de luz y óleo de unción. Los dioses del Olimpo dictaminaron en favor de Atenea, diosa de la sabiduría, en cuyo honor se fundó entonces la bella ciudad de Atenas”
Trescientos litros de agua en un año son muy poco. Y cinco meses sin una gota es muy duro, incluso para un árbol acostumbrado a la sed, como es el olivo. Pero aquí también la experiencia es un grado. Los más viejos, bregados con la sequía durante muchos años, aguantan mejor; los jóvenes lo pagan caro. Y es que el olivo es un árbol que “rejuvenece” con los años.
Todo esto y mucho más nos contaba Fermín, a pocos metros de la que antaño fue su casa familiar, entre los mismos árboles que le vieron corretear de pequeño y entre cuyas raíces se escondía. Y es que el olivo no es sólo aceituna o aceite. Es un mundo alrededor del cual todo gira: sustento, trabajo, vida.. pero también pasión. O más bien, devoción.
Estuvimos unos días de vacaciones por tierras andaluzas así que, aprovechando la cercanía, queríamos conocer de primera mano de dónde sale el aceite que consumimos a diario desde hace ya bastantes años. Hablé con Fermín Rodríguez, gerente de Aceites Vizcántar, y le pedí si podíamos hacerle una visita. Cuando llegamos, en unos pocos minutos nos enseñó las instalaciones que tienen en las afueras de Priego de Córdoba. Pero lo que nos quería mostrar de verdad no estaba allí: nos propuso ir al campo, a los olivares. Imposible negarse, supongo que los ojos se me iluminaron…
Cogimos el coche y allá nos fuimos, casi a la frontera entre Córdoba, Granada y Jaén, con la Sierra de Vizcántar, la que da nombre a su aceite, al fondo. Durante el camino, historias de romanos, íberos, aceite y olivares. La tierra está seca, es blanca, polvorienta y pedregosa. Los olivos se agarran al suelo: parece imposible que puedan sobrevivir tantos meses sin agua. Tres variedades de aceituna utilizan en Aceites Vizcántar: Hojiblanca, Picudo y Picual.
Hace años los olivos se plantaban con una separación de unos quince metros, y entre ellos se cultivaba cereal y hortalizas, en una suerte de autosuficiencia. Pero con los años, al aumentar el valor del olivar, se abandonó este cultivo y se plantaron más árboles entre los ya existentes, fundamentalmente de la variedad picual, más productiva y fácilmente mecanizable, dejando un marco de ocho metros entre ellos.
Unos 1.600 años de historia contemplan a este olivo milenario, que crece entre otros que apenas superan los 40. Las mejores aceitunas, las más grandes y hermosas crecen en los árboles más viejos. Sus raíces, tan grandes como la copa, según nos comenta Fermín, son más eficientes a medida que pasan los años. El terreno pedregoso permite a las raíces profundizar más y captar más agua. Se ve con claridad: los olivos más jóvenes están más mustios, menos brillantes, y las aceitunas son objetivamente mucho más pequeñas.
Pero aún así y todo, este es un mal año: demasiada sequía. En algunas zonas se espera un 70% menos de producción que en 2011. Y el 2013 tampoco será bueno, ya que la aceituna nace en los brotes crecidos el año anterior. Hace falta agua, que a un par de meses de la cosecha aún solucionaría gran parte del problema.
Pero no todo es olivar: almendras, nueces, espárragos, alcaparras, manzanas, peras, granadas, cakis, tomates, pimientos, berenjenas… parece imposible que esta tierra, en apariencia yerma, pueda producir todo lo que probamos en el huerto y los árboles que rodean la casa familiar de Fermín, profundo conocedor de lo que nos enseña con pasión.
Un pequeño rodeo para acercarnos a la cooperativa y de vuelta a Priego. Pequeña cata, algunas compras, pero hay que regresar, ya es casi de noche. Lo hemos disfrutado de veras, unas tres horas inolvidables. En unos días estaremos en casa, disfrutando del aceite que nos llevamos. Y Fermín en Oriente Próximo, promocionando su oro líquido con la misma sonrisa que vistió toda la tarde. Es lo que tiene, vivir de, por y para el aceite. No hay tregua.
P.S: Escribí este texto antes de las terribles inundaciones que han asolado Andalucía en estos días. No he hablado con Fermín desde entonces, y desconozco si tal cantidad de lluvia ha beneficiado o perjudicado al olivar. Lo que sí es seguro es que ha hecho daño a muchas personas y a sus bienes. Traslado desde aquí todo mi afecto y un fuerte abrazo a los andaluces, que tan cordialmente nos han acogido la pasada semana.












Soy Fermín el de la foto con la camisa rosa, que tan bién ha sacado la cámara de Eugenio. Quería hacer una puntualización: el olivo de los 1.100 años, es el de la primera fotografía, al que se lo has puesto al pie de fotografía tiene unos 350 años. Salvo esta puntualización, todo lo descrito es de un experto, como es Eugenio, una esponja que en tres horas ha absorbido la vida, historia, cultura y tradición de un olivar donde hay mas de 10 siglos reflejados en el cuerpo de algunos de ellos. Bravo!! por tu síntesis literaria tan bién hecha.
Fermín
Muchas gracias, Fermín. Ya veo que conoces a tus árboles como si fuesen tus hijos
Estaba seguro que el olivo al lado del cual te hice la foto era el de 1.100 años, porque la toma era más grande y la recorté. Sólo has necesitado una pequeña parte para saber cuál era
Corrijo el error. Muchísimas gracias por todo, ha sido una visita maravillosa. Un abrazo
Ce sont de superbes images, je suis fan d’huile d’olive de très bonne qualité, bravo pour ce post
Belle journée
Valérie
Merci beaucoup pour votre commentaire